La Habana



Que se me amarillea y se me gasta,
perfil de mi ciudad, siempre agitándose
en la memoria
y sin embargo,
siempre perdiendo bordes y letreros,
siempre haciéndose toda un amasijo
de imágenes prensadas por los años.

Ciudad que amé como no he amado otra
ciudad, persona u objeto concebible;
ciudad de mi niñez,
aquella donde todo se me dio sin preguntas,
donde fui cierta como los muros,
paisaje incuestionable.

Diez años llevo
sin catarla ni hablarla excepto en hueco;
cráter de mi ciudad siempre brillando
por su ausencia;
hueco que no define y que dibuja
el mapa irregular de mi nostalgia.



Lourdes Casal; 1968

Decenio




Esa mañana amanecí con Uds, despidiéndome de todo, primero Uds, luego el parque central, el capitolio, las guaguas, las calles, el polvo y el hollín habanero; Marianao, mi patria chica, mi barrio, mi casa, pasillos y azoteas vecinas, mis amigos, mi familia, mis padres, mi Habana, mi Cuba. 


No me despedí del malecón, nunca podré. 
De esa mañana hoy hace diez años.


In Memoriam



Blues del Boxeador

A Douglas Rodríguez

Regresa a su casa con la madrugada 
pasado de tragos 
sin pagarse nada. 
Se bebió la noche y antes de acostarse 
se encontró un amigo 
y empezó a acordarse. 

Que fue boxeador hace ya unos años 
que rompió sus manos en una pelea 
te habla de la vida lo que se le ocurre 
conoció la fama, 
pero ahora se aburre. 

Ya no sale su foto en los diarios 
ya no hay más medallas, 
ya no hay más contrarios 
Y el último golpe será cuando un día 
solo lo recuerden 
los viejos del barrio. 

Ahora tiene un perro para la nostalgia 
y las cicatrices que fueron quedando. 
Regresa a su casa 
cuando duermen todos 
la calle da vueltas 
y él va silbando 
solo.

Carlos Varela

Adiós a La Habana



Que llevo tropezada como una casa,
Desde el mar que la circunda y le exige
Hasta los barrios y los primeros caseríos.
Ciudad agrietada cada día por el sol
Y rehecha en silencio
Desde el atardecer
Para que la mañana la encuentre de nuevo intacta,
Con sólo algunos papeles y muchos besos de más.
Única ciudad que me es de veras.
Ni mejor ni peor, ni llena ni pobre: verdadera.
En ella, aldea o paraíso,
Conocí el asombro, conocí el placer,
Conocí el amor, conocí la vergüenza, conocí la esperanza,
Conocí la amistad, conocí el hueco paciente y terrible
De la muerte, conocí el esplendor
Cuando empezaron de nuevo un año y un pueblo.
Lo otro es llenarse los bolsillos
Para la fiesta del regreso.
Aún sin abandonarla, ya se preparan las preguntas.
No sólo preguntas retóricas:
¿Voy a cumplir treinta años fuera de la Habana?
Sino sobre todo preguntas como:
¿Qué haré sin la ventana abierta al cielo?
¿Qué haré sin la grieta de la pared de mi cuarto,
Sin los garabatos de la acera,
Sin los árboles de la cuadra, sin la llamada del teléfono, sin el coro de los choferes?
La ciudad es también (me dirán) el alimento podrido de la traición
Y los pájaros de boca fruncida que graznan con un taconeo rápido.
Pero toda esa mancha de pluma mojada desaparece
Con un solo golpe inmenso y cristalino del mar,
Con una voz antigua como el tiempo
Que se desbarata contra los arrecifes y vuela sobre la ciudad:
Sobre El Vedado carcomido, gris, echado bajo árboles;
Sobre el Malecón veloz de los amantes, los ilusionados pescadores y los niños;
Sobre las viejas fortalezas,
Sobre los parques atestados de héroes de piedra,
Sobre los muelles últimos y tenaces.
Allí, en su borde blanco, en su borde añil,
Está tendida a beber la ciudad.
Saluda a Casablanca del amor,
Y se incorpora en avenidas de árboles y carros,
Atraviesa el vicio silbador, se escurre
Entre callejas de maltratado prestigio,
Llenas de banderas, hierros y agua sucia;
Especula, cuenta, vende,
Hace castillos equilibristas de frutas,
Hojea revistas, busca telas y perfumes,
Canta como una selva profunda,
Persigue en la noche la danza de la noche,
Y luego del Obispo y de Neptuno,
Luego de La Rampa y de la Playa,
Se recoge hacia suaves tinieblas:
Vuelve a la Víbora, regresa a Santos Suárez,
Al Cerro, a Luyanó,
Cierra los ojos, aguarda los pregones.

Roberto Fernández Retamar

Vista del amanecer en el trópico



Y AHÍ ESTARÁ. Como dijo alguien, esa triste, infeliz y larga isla estará ahí después del último indio y después del último español y después del último africano y después del último americano y después del último de los cubanos, sobreviviendo a todos los naufragios y eternamente bañada por la corriente del golfo: bella y verde, imperecedera, eterna. 


Guillermo Cabrera Infante

In memorian



Decime Adolfo decime, que Justo lo estaba esperando.


Adolfo Alfonso: 1924-2012

Eduardo, eras león


A Eduardo, por supuesto, y a Ivonne, porque sí:

-Caminemos, que no se nos pierda la memoria.

Hoy no está ni el jefe de pieza, ni el teniente ni el lento. El viaje ha comenzado y Rogerio Mateo pisa una piedra:

-Tú siempre fuiste modesto Eduardo -te dijo y siguió -incluso cuando eras un león escuchando los pasos en la hierba de Zamora.

-¡Qué noche capitán! -le dijiste pero enseguida te acordaste del viejo y del horno en aquella asamblea. -¿De los electrodomésticos nada no? -preguntaste.

-Rosendo el cojo se lo ganó, pero no han dicho nada aun. Urbano tiene miedo que haya hasta muertos al final del día.

-¡Coño pero es una cuestión de principios! -dijiste.

-Si pero tú sabes como es eso, este año es el aniversario y se quiso hacer como un homenaje.

-Nah, deja la sonata nocturna esa, se lo dan por lástima

-¡Coño Chino!, no confundas la lástima con el amor

-¿Amor? deja la balada esa tigre, el amor solo es posible cuando pienso en Ivonne.


Buenos Aires, 9 de mayo de 2011